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Se dice de Euskal Herria que es un matriarcado. Cierto esto o no –es discutible– no cabe duda de que el papel de la mujer en el mundo agrario fue y es clave para el desarrollo del territorio. Antaño, aunque no en un tiempo tan lejano como cabría pensar, las mujeres llevaban a cabo gran parte de las labores del caserío y las comerciales a la par que se encargaban de los cuidados de la familia. Sin ellas, la economía familiar y el funcionamiento de la vida diaria hubiese sido, y sería, muy diferente. Las cosas, poco a poco y con lucha de por medio, han ido cambiando. Las mujeres del entorno rural siguen siendo igual de importantes pero ya no están a la sombra: cada vez son más las que lideran sus propios proyectos, creando productos con conciencia y cuidado y generando un sistema productivo que mucho se aleja de las grandes industrias. Hablamos en esta ocasión con cuatro productoras de Durangaldea, Ana, Mónica, Amaia y Alazne, sobre sus proyectos y su visión de la mujer en su entorno. Además, nos recomiendan otros proyectos encabezados por mujeres que vale la pena conocer.

Ana: Garai

Ana –Anita para los conocidos– es fundadora y parte de Garai, un proyecto instalado en un caserío ubicado en la localidad con el mismo nombre. Allí, junto con su pareja Ibon, desarrollan dos líneas de negocio: por un lado, elaboran conservas a partir de los productos de su huerta, y por otro, hacen cerveza artesanal. Ana lleva principalmente la batuta de la primera: se encarga de la huerta –en ecológico y con todo lo que ello implica– y elabora mermeladas, chutneys, vinagres, purés y encurtidos. Tal y como ocurre con la gran mayoría de los pequeños productores de la zona, está implicada en toda la cadena de valor de los productos y se dedica también a su distribución, promoción y venta.

Su trabajo viene de la necesidad de hacer algo por el entorno: “yo estoy aquí porque creo que soy de la generación a la que nos metieron bastante caña con cuidar el medioambiente”. Después de hacer un módulo sobre el tema y ver que lo que le gustaba era el trabajo de campo, cuenta, “empecé a darme cuenta de dónde venía la comida, de que aquí teníamos un suelo súper fértil y de que aún así no se producía casi nada”.

Después de pasar por diferentes proyectos hortofrutícolas conoció a Ibon y decidieron crear su proyecto en Garai, donde tenían tierras disponibles. “El acceso a la tierra es un problema muy importante en el sector. Es casi imposible porque es muy caro y los bancos de tierra te los dan por poco tiempo”, comenta. Tras trabajar un tiempo vendiendo cestas semanales con producto fresco, optaron por montar un obrador para hacer conservas y hacer de ellas una línea de negocio. “Empecé con mermeladas y zumo y luego he ido viendo otras formas de hacer conservas que permitan comer verdura de aquí fuera de temporada. Las nuevas generaciones necesitan algo así: que sea fácil pero que alimente”, explica Ana.

En su postura como mujer productora, Ana encuentra necesario generar espacios donde crear comunidad con otras mujeres en su misma situación. “Al final, en el medio rural, cada una estamos muy metidas en nuestro trabajo. Tenemos nuestro tiempo para descansar pero no para socializar y juntarnos entre nosotras, y viene muy bien ver qué hacen en el caserío de al lado, siempre se aprende algo”, explica. Recalca, además, que los encuentros son necesarios no solo para las mujeres de las nuevas generaciones sino también para las anteriores. Sobre uno de los encuentros organizados por EHNE este año para reunir a mujeres productoras cuenta: “había mujeres de 80 años que han sido productoras toda su vida, ellas sí, siempre, a la sombra de su marido, y ese era su momento para salir de casa. Nosotras quizás nos juntamos más pero para ellas era una salida muy importante porque en esos entornos puedes hablar con alguien que te comprende del sector, que tienen tus mismos problemas y saben lo duros que pueden ser”.

Ana recomienda: Bizkaigane

Es un proyecto dedicado a la producción de lácteos. Están situados en Errigoiti (Bizkaia) y desde finales de 2019 funcionan como una cooperativa de nueve miembros (cinco hombres y cuatro mujeres). De entre sus participantes Ana destaca a Amets Ladislao, “habla muy bien y es muy cañera”, comenta.

Monica: Patxikobaso

Mónica fundó Patxikobaso junto a su pareja, Urdaspal, hace dieciséis años. Están localizados en Iurreta y todo comenzó como un proyecto centrado en la huerta, trabajando siempre en ecológico. A día de hoy cuentan también con frutales y elaboran pan. “Formándonos y hablando con otra gente que ya estaba instalada nos dimos cuenta de la importancia de diversificar porque la huerta tiene un montón de factores incontrolables. Entonces, así, apareció el pan”, cuenta Mónica. “Yo me empecé a formar en panadería, me gustó, y ahora yo me responsabilizo de esta línea de negocio. Urdaspal se responsabiliza de la huerta. Hasta hace unos años yo era panadera y pinche en la huerta, pero ahora, con el volumen de producción que tengo, es imposible”, explica.

Dentro de la carga de trabajo que lleva adelante –algo de lo que estar orgullosa– Mónica saca a colación un tema que se repite en el día a día de muchos productores: la soledad. “Nuestra realidad es que tenemos una carga de trabajo importante, el día a día nos come y tenemos dificultades para socializar cada uno con su gente y con el resto de productores. Es importante juntarse porque siempre es enriquecedor. Cuando hablas con otros productores los problemas se relativizan, te sientes acompañada y vienes con las pilas cargadas”, explica. Una vez más, vemos que la creación de espacios colectivos es relevante en la vida personal y laboral de los productores, y que, cuando se trata de encuentros exclusivos para mujeres, como bien comenta, “son otras las intimidades y vínculos que se generan”. Mónica cree que, de una forma u otra, estos espacios se han buscado siempre: “Las mujeres mayores tenían sus espacios: por ejemplo, cuando iban a misa los domingos y luego quedaban a jugar a cartas. Aunque ahora tenemos más opciones, se han buscado más o menos sus espacios. O bajar al mercado. Yo me he dado cuenta de que para la gente mayor bajar al mercado a vender es parte importante de su socialización”.

Frente a esa soledad, Mónica cree que el futuro de los productores, hombres y mujeres, debe ser en comunidad. “Solos no vamos a ninguna parte. Pero crear comunidad nos cuesta muchísimo. Hay un trabajo importante de volver a aprender cómo trabajar en grupo, de las relaciones…”, sentencia. Ejemplo de ello es la huerta comunitaria con la que cuentan en Patxikobaso donde participan actualmente quince familias –con predisposición para que participen más– que trabajan, deciden y se organizan de manera colectiva. Remarca también que hay una labor importante por parte de los consumidores en hacer un esfuerzo por conocer la cadena alimentaria y el origen de lo que ponen en sus platos.

Mónica recomienda: Eguzki Leire

Un proyecto de panadería localizado en Amezketa (Gipuzkoa). “Desde el principio Leire compró un molino y empezó a relacionarse con productores vascos de Álava y Navarra para que le produjeran variedades locales. Casi todos los ingredientes que utiliza son de Euskal Herria. Desde el comienzo dijo que lo haría así, y así fue”, explica Mónica.

Amaia: Erlia

Erlia es un proyecto con apenas tres años de edad dedicado a la producción de huevos ecológicos. Amaia y Aitor, su pareja, son quienes llevan hoy el trabajo adelante. Tienen dos gallineros, cada uno con capacidad para 250 gallinas, donde las aves se alimentan, duermen y ponen huevos cómodamente. “Cuidamos de nuestras gallinas porque sabemos que el producto que vamos a ofrecer es más saludable. Tenemos un montón de familias que comen nuestros huevos y saber que están comiendo un buen producto que nosotros les facilitamos nos hace sentir bien:”, nos cuenta Amaia. “Empezamos en 2019, a finales de enero llegaron 250 gallinas. Entre marzo y abril otras 250. A partir de ahí, hacer la clientela ha sido el trabajo”, comenta.

Aunque también realiza tareas físicas del día a día, la labor de Amaia se centra principalmente en la administración y visión estratégica de Erlia. El proyecto se sitúa en en el barrio de Muntsaraz de Abadiño, en el caserío de su familia, donde pudieron hacer uso de un espacio enmarcado en un paraje espectacular. “Está claro que el que tiene tierra tiene un tesoro. Y este es un trabajo gratificante. A las gallinas las cuidas y te dan un huevo todos los días. Esta es mi casa, yo he pasado toda mi infancia y mi juventud aquí”, explica Amaia.

Una vez más, Amaia, al igual que otras productoras, hace hincapié en la necesidad de crear comunidad: “me parece importante conocer a todo el que haya alrededor produciendo, hombres y mujeres, creo que cada uno tiene su sitio y tiene que ser valorado por lo que hace, el género no sé si es tan importante hoy en día”.

Amaia recomienda: Sosola

Son Aizpea y Enrike y elaboran pan ecológico en Eibar. “Han ido un poco más allá: han alquilado praderas, han plantado trigo y muelen ellos mismos. Hacen queso también”, explica Amaia.

Alazne: Bejondeizuela

Alazne es la creadora, junto a su pareja, Jon, de Bejondeizuela, un proyecto de producción de verduras ecológicas de temporada situado en Orozketa. Comenzaron en 2012 a modo de prueba y con el pasar de los años han ido aumentando su producción hasta llegar al día de hoy: varios invernaderos en pie, muchas cestas por repartir cada semana y una conservera a punto de ponerse en marcha para la elaboración de purés con materia prima propia.

Con años de trabajo en EHNE a sus espaldas, Alazne concibe gran parte de su trabajo como militancia y a las mujeres como defensoras y promotoras de un modelo de producción más sostenible. “Hay que matizar en el modelo de producción que nosotras hacemos, que somos baserritarras o pequeñas productoras intentando hacer un proyecto que va a poner la vida en el centro. Es un modelo que la mujer, durante toda la historia, ha hecho que siga existiendo, porque el sistema y una visión más masculina nos ha llevado hacia una agricultura mucho más industrializada, que busca el beneficio o que toma la alimentación como un negocio, igual que puede ser hacer tornillos o cualquier otra cosa. El sistema se ha basado en el patriarcado, en ser el más fuerte, tener la vaca que más leche dé, el tractor más grande, y eso siempre ha estado unido al prestigio. La mujer, por el contrario, siempre ha tenido el rol de cuidar”.

Además, Alazne, como tantas otras, considera que aún nos queda camino por recorrer: “hemos sido educadas de cierta forma y reproducimos patrones pasados. Aunque nosotras quizás podamos decir que somos de otra generación, por mucho que hayamos leído, escuchado, visto, debatido… en el día a día es complicado es complicado vivir contra esas inercias. Una compañera, Malu, de Arratia, siempre dice que el monstruo lo llevamos dentro”. En ese sentido, ve relevante la creación de espacios para mujeres ya que, como bien comenta, “es importante juntarnos y poner en valor lo que se ha hecho, lo que se está haciendo y lo que queremos que siga”.

Alazne recomienda: Lanbreabe Baserria

Al frente de este proyecto está Malu Egiluz. “Malu es de Zeanuri, estuvo viajando por el mundo y cuando volvió quiso aportar algo al sector ganadero, al que se dedicaba su familia. Se metió en un proyecto de mejora, montó una pequeña sala de despiece, montó una tienda-bar para vender su producto y el de otra gente y cogieron la venta en la plaza de Artea. Además, con lo que sacan del bar mantienen el alojamiento de migrantes que se encuentran en estado de tramitación de sus papeles”, cuenta Alazne.

Testua eta argazkiak: Maore Ruiz eta Julia Laich